Panuncio, el trampolín de las serenatas

15 enero, 2020
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En su época de esplendor, Panuncio siempre estaba muy concurrido, de día y de noche. En la pared del fondo, puede notarse el menú que ofrecía entonces.

En las décadas del 60 y 70, del siglo pasado, tuvo Panuncio su época de máximo esplendor. De día, congregaba a las familias y atraía eventos sociales de clubes, organizaciones y empresas que se reunían allí para conmemorar alguna fecha propicia. Y a la noche, como un imán estiraba a toda la fauna nocturna: bohemios, políticos, personajes de la farándula de entonces y sobre todo a músicos y compositores.

El dueño del local tuvo la acertada iniciativa de abrir las 24 horas del día. Eso llevó a decir que Panuncio no tenía puertas. Es que no las necesitaba, sólo dos días del año permanecía cerrado. El Viernes Santo y el 1º de enero. Allí la gente solìa amanecer en medio de una jarana permanente facilitada por la continua presencia de músicos que llegaban de todas partes de Asunción y alrededores.

Era el lugar donde se acostumbraba a terminar la noche

Panuncio era el lugar dónde los asuncenos de entonces acostumbraban a “terminar la noche”. No era un restaurant show, pero siempre se armaba una peña karape por donde desfilaron casi todos los más conocidos exponentes de la música folclórica de aquel entonces: Luis Alberto del Paraná, Agustín Barboza, Anibal Lovera, Lorenzo Leguizamón, Quintana-Escalante, Peña-González, Vargas Saldivar y Quemil Yambay, para citar algunos de los más conocidos.

Los músicos concurrían además por el interés de ser contratados por los habitúes del lugar para cantar en sus mesas. La presencia de artistas era constante y pronto los asuncenos se acostumbraron a concurrir hasta allí cuando necesitaban de su concurso, a cualquier hora y fue así, que se hizo habitual hacer una parada en el lugar para llevar una serenata.

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En medio de los comensales se ve al desaparecido dúo Peña-González cantando para los asistentes. En el umbral de la puerta aparece Panuncio Espínola, propietario del local.

Tan constante se hizo esta costumbre que hasta hace muy pocos años, en las inmediaciones donde se encontraba Panuncio, en Eusebio Ayala y 22 de Setiembre, existían locales y oficinas de agrupaciones de músicos, dónde esperaban ser contratados para cualquier tipo de eventos y durante cualquier hora del día. Hoy a los músicos se los contrata vía teléfono celular, ya no necesitan tener un local físico.

Anibal Riveros (ya fallecido), músico y empresario del ramo acertadamente calificó a Panuncio como El Trampolín de las Serenatas, en una obra musical que compuso junto a Néstor Damián Giret.  También fue calificado como El Paraninfo de la Bohemia, por el fallecido periodista y escritor Rodolfo Víctor Santacruz (ROVISA),  en atención a quienes también allí se reunían, tales como Epifanio Méndez Fleitas, Teodoro S. Mongelos, Jacinto Herrera, Natalicio González, Sila Godoy, Ezequiel González Alsina, Ernesto Báez, Carlos Gómez y muchos otros. Humberto Rubín, uno de los contertulios de la época, suele recordar con nostalgia dicha época, en sus programas de Radio Ñandutí.

Panuncio, en realidad se llamaba Bar Juventud. Adquirió popularmente ese nombre en atención a su propietario, Panuncio Espínola quién lo abrió poco después de la revolución de 1947, primero como despensa que como principal atractivo ofrecía el soyo con tortilla. En materia gastronómica se trataba de un restaurant que de día ofrecía comida casera paraguaya: soyo, sopa de pescado, puchero, tallarín con pollo, tallarín con estofado. De noche habilitaba una parrilla para el tradicional asado con mandioca, sopa paraguaya y ensalada. Y al amanecer servía bife coyguá, el yorador por excelencia.

El edicto Nº 3  y el Somozazo terminaron de arruinarlo

El ocaso de Panuncio comenzó en el año 1978, cuando la dictadura  impuso el recordado edicto Nº 3, que limitaba todas las actividades nocturnas hasta las 01:00 de la madrugada, obligando a cerrar a todos los locales a esa hora. Si bien el edicto no fue muy estricto porque muchas veces “el ruido” continuaba adentro con las puertas cerradas, pronto iba a caer el mazazo definitivo para los noctámbulos.  En setiembre de 1980, el dictador nicaragüense Anastacio Somoza fue asesinado brutalmente sobre la calle España por un comando guerrillero e inmediatamente las fuerzas de seguridad impusieron una “Operación Rastrillo”.

Los bares, restaurantes y clubes nocturnos eran peinados por policías uniformados y de civil que pedían documentos a todos los parroquianos, lo cual terminó por matar definitivamente la noche asuncena, que terminó desactivada, anémica  y sin capacidad durante mucho tiempo. Panuncio veía desvanecerse el principal atractivo con el que contaba para atraer a clientes y con el tiempo tuvo que reformular el modelo de negocio.

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Típica foto de Panuncio. Músicos con sus instrumentos a cuestas, esperando ser contratados, tal vez para alguna serenata.

Primero, cambió la naturaleza del restaurante. Centró sus actividades en la atención diurna, modernizó sus instalaciones , instaló un bar en cuya barra se servía minutas de todo tipo, la música provenía de un moderno equipo japonés y al fondo el salón comedor formaba también parte del servicio del hotel Cardel, la comida casera paraguaya desapareció y dio su lugar al buffet.

Finalmente, Panuncio luego de estirar su agonía durante varios años tuvo que cerrar en el 2002. Su propietario Panuncio Espínola falleció el 6 de mayo del 2006. Lo que fue el restaurante terminó convirtiéndose en un local comercial, pero sobrevive el Hotel Cardel donde su hijo Luis Espínola sigue en el negocio recordando la memoria de su padre, en medio de centenares de fotos que nos muestra con grandilocuencia el extraordinario éxito del Trampolín de las Serenatas.

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