Masterchef también vive de la ilusión

23 mayo, 2018
José Torrijos con una mirada de desaprobación para el budín de Toribia. Su crema pastelera no tenía azúcar. Y eso le costó la eliminación.

José Torrijos con una mirada de desaprobación para el budín de Toribia. Su crema pastelera no tenía azúcar. Y eso le costó la eliminación. Foto del Facebook oficial del programa

Fue bastante curioso lo ocurrido anoche en Masterchef. En la primera parte del programa, los concursantes tuvieron que enfrentarse a una de las pruebas más difíciles de las que tuvieron hasta ahora.  Pero no hubo lamentos ni desastres. En cambio, en la segunda parte, ante una exigencia menos complicada, volvieron a las andadas. A los errores gruesos, a la falta de habilidad. La eliminada de turno fue Toribia, que hizo un postre dulce que casi carecía de azúcar.

Menuda sorpresa se llevaron los cocineros al comenzar Masterchef al encontrarse con los ingredientes que debían manipular. La consigna era cocinar con menudencias. A cada uno le tocó uno diferente: corazón, riñón, hígado, tripa gorda, chinchulín, librillo, molleja, mondongo, ubre, bola de buey, rabo de toro y ojo de vaca. No hubo gritos al cielo ni muchas caras de circunstancia, cuando que en otras oportunidades ante el anuncio de que debían preparar una pizza, a más de uno le dio un soponcio.

Llamó la atención que cuando los concursantes concurrieron al supermercado para elegir los ingredientes de sus preparaciones, se encontraron con cajas que tenían los nombres de cada menudencia y en ella todos los productos que iban a necesitar. Todos previamente preseleccionados.  No hubo lugar para omisiones ni olvidos.

Toda la preparación transcurrió casi dentro de la más absoluta normalidad y los resultados fueron alentadores. A pesar de la rápida sucesión de las imágenes pudimos apreciar que se lograron platos atractivos, coloridos, diferentes. Y con unos nombres, que revelaban cierta acertada conceptualización, y que podrían ser la envidia de la carta de algunos restaurantes: Criadilla de bola de toro a la sartén, Ubre con salteado de verduras, Riñón en salsa de vino tinto, Estofado de corazón, Mollejas al tomillo, Puchero de rabo de buey y cosas por el estilo. Representaba todo un avance respecto a lo que venimos viendo en Masterchef.

Y la que hizo el mejor plato fue Herminia.  Sí, Herminia. Y preparó nada menos que Guisado de ojo vacuno. Cómo lo hizo?. La cámara no lo mostró. Y nos quedamos en ayunas tratando de saber cómo se cocina un ojo de vaca. A Paola Maltese le hizo un poco de asco el plato y José Torrijos le invitó a probarlo.  La cara de la presentadora cambió totalmente después de la degustación, por lo que hay que darle a Herminia el crédito de que tiene cierto po he. Y por primera vez se salvó de la prueba de eliminación.

Hasta allí llegaron Mauricio, Alan, Joseph, Isaac, María Liz, Toribia, Tania y Adriana.  Todo lo bueno que parecía que adquirieron con lo visto en la primera parte del programa se desdibujó completamente. Y de nuevo aparecieron los errores, las desprolijidades, el desconocimiento, muchas veces el desconsuelo y la desesperación. Y no tenían que cocinar bola de toro u ojo de vaca. Sino algo sencillo, común, algo que se come muy a menudo en las casas. Y si uno no lo cocinó nunca seguro que alguna vez lo vio hacerlo. Se trataba de un Budín de pan, con crema pastelera y chantilly.  Un postre que requiere de precisión, en algunos pasos, pero nada que un cocinero aficionado no pueda enfrentar con altura.

En la primera parte del programa nos ilusionamos con los progresos que habían adquirido los participantes pero en la segunda volvieron a las andadas. Tuvieron problemas con la masa, con la cocción, con la crema pastelera, con el caramelo y con el chantilly. Las presentaciones dejaron mucho que desear, la única que podía salvarse de un aplazo general fue María Liz que presentó un budín que tenía credenciales como para sentarse en la mesa de un restaurante o en la de cualquier casa familiar.  Los peores fueron el chinito Joseph y Toribia. Esta última pecó en un detalle fundamental y descalificador. Su postre no tenía sabor a dulce. El azúcar brilló por su ausencia y eso le costó la eliminación.

Cada vez que se inicia el programa, los miembros del jurado advierten a los participantes que la competencia se pondrá cada vez más difícil y que esperan que sus platos sorprendan y sean perfectos. Por más que se esfuerzan los cocineros no logran llenar esas exigencias. Y a esta altura del programa parece difícil que alguna vez lo logren. Los miembros del jurado, por más que traten de hacerse de los duros, admiten muchas tolerancias.  De todas maneras, alimentamos  la ilusión que nos causó la primera parte del programa. Y que, por más difíciles que sean los desafíos, podamos deleitarnos  -por lo menos visualmente- con buenos platos de cocina. De la ilusión también se vive.

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